"Replanteando la Esclavitud - estudios de etnicidad y género en Lima Borbónica"

Perú: Una mirada a la esclavitud colonial desde las protagonistas

9 de enero de 2012.

Por Zoraida Portillo

Internacional | Situación social de las mujeres | Mujeres del mundo | Derechos humanos | Historia | Lima - Perú | Estudios de genero





Lima, 09 ene. 12. AmecoPress/ SEMlac.- Mirar el mundo de la esclavitud colonial en el Perú e interrogarse sobre las relaciones de género, el papel de las mujeres en los espacios públicos y privados, sus formas de ’negociar’ no solo con los amos sino con diferentes estamentos y analizar cómo la dinámica social generada hizo innecesaria una sublevación, son algunas de las metas de Maribel Arrelucea Barrantes, historiadora, docente universitaria y apasionada del tema.

El título de su reciente libro lo resume: "Replanteando la Esclavitud - estudios de etnicidad y género en Lima Borbónica". Allí, invierte el abordaje histórico tradicional y, en vez de partir de lo general, busca aproximarse a hombres y mujeres de carne y hueso, en su vida cotidiana: litigando, reclamando, ejerciendo algunos derechos y buscando sus espacios.

Para ello tuvo que bucear en los registros históricos -Archivo General de la Nación, cuadernos de la Real Audiencia, expedientes del Tribunal Eclesiástico- de 1760 a 1820, cuando los efectos de las reformas en España se dejaban sentir en uno de sus principales virreinatos, el del Perú; empezaban a cundir las ideas de emancipación, y se temía una gran rebelión indígena.

¿El resultado? Una mirada ’desde el otro lado’, que permite entender mejor cómo pensaban y sentían hombres y mujeres de esa época, el por qué de ciertas acciones -o de la inacción-, la realidad de las mujeres (que no siempre fueron víctimas, sino que aprendieron a aprovechar algunos resquicios) pero, además, sirve para tender puentes a la realidad social actual del Perú y hallar explicación a ciertas inequidades, como el racismo, la discriminación de género, las relaciones de parentesco, entre otras.

"La sociedad peruana es bastante compleja y muchas de las prácticas cotidianas que tenían que ver con el dominio del esclavo y la servidumbre todavía están presentes hoy día, al igual que muchas de las justificaciones y estereotipos que se usaban antes, como la discriminación racial y la de género, dos cargas muy fuertes y muy presentes", refiere la autora en entrevista exclusiva.

"Mucha gente piensa que la esclavitud es una época ya superada, que pertenece al pasado, pero en realidad, lo que hay es una cadena, una vinculación: no porque se abolió la esclavitud, se acabó. Por ejemplo, los antiguos esclavos una vez libres no eran ciudadanos y formaban parte de los sectores sociales excluidos, el estado les dio libertad pero no los insertó en el modelo republicano", añade. Situación que, con matices, ha permanecido durante buena parte del siglo XX e incluso hoy.

"Hay expresiones y usos que rigen hasta ahora: ’¿de qué familia eres?’, o ’soy una mujer decente’, ’soy una mujer de mi casa’, dicho con mucho orgullo, porque el espacio doméstico es visto como el lugar donde la mujer está a salvo; en cambio el espacio público es agresivo, violento, lo cual no deja de ser cierto hasta hoy. Son otras condiciones pero sigue siendo un espacio violento para las mujeres", reflexiona.

Y se remite a un ejemplo concreto: los piropos, esa costumbre tan hispana que en el imaginario masculino supone un halago a la mujer. "En muchos casos es una agresión, una intromisión al espacio y la intimidad de la mujer, pero no se ve así. Y es que subyace la percepción de que cuando la mujer ocupa un espacio público, es un sujeto que se puede abordar", precisa.

"En otras palabras: si sales de la casa te expones, y eso pasaba también en la época de la colonia, así pues hay una serie de prácticas que datan de esa época debido al sistema jerárquico-estamental y luego, en la República, se reformulan y se hacen más fuertes. Igual ocurre con la relación de parentesco: se crean vínculos muy fuertes madre-hijo, pero el padre tiende a negar a los hijos, especialmente el amo, y por allí nos puede venir esta tendencia", señala.

Derrumbando mitos

Uno de sus hallazgos históricos es que la esclavitud urbana liberó el cuerpo de la mujer. "Teníamos la visión de que la esclavitud victimiza a la mujer, porque de eso se ha hablado mucho. Pero de los archivos emerge otra realidad: en la esclavitud urbana había una serie de libertades y las mujeres negras e indígenas al parecer se insertan en esa dinámica y hay un poco de astucia de parte de ellas para poder situarse y mejorar su situación", explica aunque haciendo la salvedad que esto no rige para la esclavitud rural, que tenía otras características "y sí animalizaba a la persona".

"Las esclavas perdían honor por ser esclavas y estar sujetas a un amo, pero en contrapartida ganaban movilidad y cierta libertad porque podían desplazarse por los espacios públicos, competir laboralmente con otros hombres y no estaban sujetas al control de la vestimenta, la postura, el tono de voz o la mirada", detalla en su libro.

Y añade: "Tenemos aquí una paradoja: ante los ojos de las élites la esclavitud colonial restaba honor a las esclavas pero también les otorgaba una libertad insospechada; por eso las ideas en torno al cuerpo y a la sexualidad de las esclavas eran exacerbadas".

En contrapartida, la mujer blanca se veía sometida a más presiones sociales y se le exigía ser más recluida, más recogida. "Las mujeres negras e indígenas que trabajaban con hombres tenían un concepto de honor diferente al de la blanca recluida en su casa", añade. Lamentablemente, no existen escritos de las propias esclavas, pero según Maribel, los documentos escritos por hombres, permiten escuchar la voz de ellas. Y al leerlos, caen muchos mitos.

"Por ejemplo, se pensaba que a la esclava le arrancaban los hijos, que nunca más los veía, pero si bien eso era válido para el sistema de plantaciones, en Lima y otras ciudades urbanas encontré muchas referencias de esclavas que seguían viendo a sus hijos porque vivían cerquísima, había gran movimiento y muchas de ellas al momento de ser vendidas a otro amo pedían un tiempo para poder visitar a sus hijos o al esposo", afirma.

"Muchas exigían su derecho de acostarse con el esposo por las noches. Eso estaba regulado: podían hacerlo en casa del amo de ella o del amo del esposo; también estaba regulado el derecho de ir a darle de lactar al hijo, estar con ellos un rato. Es decir, entre los esclavos de Lima los vínculos entre padres e hijos, y especialmente entre madre-hijo no se rompen del todo. Encontré muchos casos de mujeres litigando en nombre de sus hijos e incluso de sus nietos", subraya.

También encontró mujeres aguerridas, "que luchan, que a falta de otra cosa, usaban su cuerpo como arma de negociación" y así fue reconstruyendo historias inéditas, como la de Josefa Escalé, envuelta en una relación afectiva con su amo, que la llevó a vivir a la misma casa con su esposa, quien tuvo que resignarse a aceptar la situación. Sin embargo, un día aprovechando la ausencia del amo, la esposa la maltrató públicamente, motivando que Josefa huyera de la casa.

Para Maribel resultó interesante comprobar que la esposa no recriminó a su cónyuge sino que arremetió contra la esclava. "A pesar de ser la señora de la casa, también estaba subordinada al esposo y por lo tanto no podía enfrentarse directamente a él", acota.

Y es que en la sociedad colonial, ser mujer implicaba ser inferior a los hombres pues se la consideraba bajo tres criterios segregadores: el género, el estamento y la etnia. A una esclava negra se le aplicaban los tres criterios, mientras una mujer blanca solo estaba sometida a la segregación de género.

Josefa entabló una demanda por sevicia (maltrato) a la esposa, inhibiéndose de hacerlo por abuso sexual contra el amo, y solicitando se le devolvieran sus efectos personales que, de acuerdo a la relación incluida en el reclamo, constaba de prendas muy finas y hasta muebles, inusual para una esclava. Lo más sorprendente fue que el amo accedió en todo. Historias como esta, protagonizadas por hombres y mujeres, colman y enriquecen su libro.

Según la historiadora, tales situaciones condicionaron un sistema esclavista que no era rígido ni arcaico, con espacios de dinamismo social y su propia red de parentescos, todo lo cual hizo que los esclavos no se cuestionaran el sistema sino que se adaptaran a él, lo que, a su vez, no hizo necesario ningún alzamiento, como sí ocurrió con los esclavos en otras partes de América.

También se sumaron otros factores: los esclavos que llegaron al Perú provenían de diversas etnias africanas, no hablaban un mismo idioma; la geografía costera no ofrecía condiciones para ocultarse en caso de persecución; la economía era fragmentada. En resumen "era más fácil negociar espacios que alzarse en armas", asevera Maribel.

La historiadora habla con pasión de su trabajo que comenzó a los 16 años -cuando otras jóvenes de su edad están pensando en lanzarse a la vida y no en escudriñar el pasado- y que aún tiene un largo camino por delante. Actualmente prepara su doctorado y sigue dedicada a la docencia universitaria. Ya tiene el tema de su próxima investigación: la religiosidad entre las personas esclavas.

"En otros países, incluso con una población negra menor que la peruana, existió y persiste una religiosidad con raíces africanas muy marcadas, acá desapareció muy pronto, los cultos africanos se volvieron clandestinos", refiere.

Cree que una explicación es que la iglesia católica los captó muy rápido y se volvió un espacio de inserción natural, "en términos actuales equivaldría a decir que los trató de una manera muy democrática porque ni bien llegaban los bautizaba, les ponía nombre y los captaba en las cofradías, exigía a los amos que los bauticen, que no se deshagan los matrimonios", señala.

"Además el Tribunal eclesiástico se convirtió en un espacio muy importante de acogida de sus problemas; allí, el pobre, el rico, el blanco, el negro, todos eran tratados como iguales, sin el formulismo rígido de otras partes", añade.

Antes de despedirse, hace una promesa: "Seguiré investigando la vida de las esclavas porque todavía tenemos una visión muy distorsionada de ellas. Hay muchísimo por hacer.

Foto: Archivo AmecoPress.

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