Martes, 20 de febrero de 2018.

Reportajes

“No se nos oye ni se nos escucha”

En España hay cerca de medio millón de mujeres sordas que se enfrentan a una doble discriminación

Sociedad, Situación social de las mujeres, Discapacidad, Violencia de género, Madrid, Jueves 21 de octubre de 2010, por Elena Duque


Madrid, 21 oct (10). AmecoPress. “No llama la atención que una persona lleve gafas, pero sí que lleve un audífono o que hable en lengua de signos”, advierte Carmen Liñero, responsable de la comisión de igualdad de la Asociación de Sordos de Santander y Cantabria. La falta de sensibilidad social sobre la doble discriminación de las mujeres sordas les coloca en una situación de especial riesgo de marginación y les hace más vulnerables a la violencia de género.
 
“La sociedad oyente todavía no ha cambiado su mentalidad, piensa que las personas sordas no pueden hacer cosas, pero somos capaces de hacer muchas cosas”, afirma Liñero, y especifica: “Claro está, contando con los recursos necesarios”.
 
“Ser sorda para mí es ser una persona más que convive con otras muchas que hablan un idioma diferente al mío”. Así lo expresa Conchi Durán, miembro de la Asociación Centro de la Mujer Sorda “Sin Barreras”, y lamenta que para el resto de la sociedad ser sorda signifique ser “una persona minusválida, que no sirve para nada. Porque no podemos hablar, da igual si tenemos opinión. Como no podemos expresarla, no se nos oye ni se nos escucha”.
 
Esta percepción se refuerza con la desinformación. “Para los medios de comunicación sólo somos noticia cuando ha ocurrido un suceso, y en tal caso no somos personas con nombre y apellidos, somos ‘sordos o sordomudos’”, denuncia Durán, que añade que “si los medios de comunicación no difunden la situaciones reales de los diferentes colectivos que compone esta sociedad, es difícil que la sociedad pueda aceptar una integración real”.
 
“Me molesta que se hable de personas sordomudas, es un concepto antiguo, desfasado y no es real. Las personas sordas podemos hablar, tenemos voz”, recuerda Liñero.
 
Lenguas diferentes
 
La desinformación es una constante en la vida de las mujeres sordas, tanto en la imagen que se da de ellas como en el acceso. En la práctica, los canales convencionales de comunicación son ineficaces entre la población sorda. La ley Audiovisual exige implantar el subtitulado para personas sordas en el 90% de la programación de las televisiones de emisión estatal en abierto para 2013, además de emitir 10 horas semanales de interpretación en lenguaje de signos.
 
Los primeros subtítulos para personas sordas se emitieron en 1990, y desde ese momento se han conseguido un importante avance en las cadenas públicas, pero apenas se cumple en las privadas. Otra opción sería la incorporación de intérpretes de signos en programas informativos, pero ocurre que “un debate político televisado entre Zapatero y Rajoy no se interpreta por cuestiones de imagen negando el derecho de acceso a la información”, denuncia Liñero.
 
Por otro lado, en contra de lo que se suele pensar, la prensa y los documentos escritos resultan a menudo ininteligibles para una persona que no puede percibir la lengua en la que están desarrollados.
 
Muchas personas en la comunidad sorda nacieron ya sin poder oír o perdieron esta capacidad a una edad muy temprana. Nunca han podido aprender una lengua hablada, por lo que su primera lengua suele ser la lengua de signos.
 
La lengua escrita es inseparable de la lengua hablada, y una persona sorda sólo la puede aprender en parte. En este contexto, el colectivo acumula a menudo déficits educativos dentro del aprendizaje convencional por su menor capacidad para la lectura y la escritura. “Una gran parte de la población de personas sordas son analfabetos funcionales, debido a la falta de una educación bilingüe en castellano escrito y lengua de signos”, explica Durán.
 
“La mayoría de las personas sordas tiene un trabajo de cualificación profesional inferior y aquellas que han obtenido una titulación universitaria o profesional superior no llegan a ejercer la categoría profesional para la cual están capacitadas” por no poder comunicarse en lengua hablada.
 
Entornos endogámicos
 
Los diferentes idiomas se corresponden con diferentes maneras de interpretar el entorno, lo que determina en gran medida la mentalidad de sus individuos. Al igual que estos, la lengua de signos también se dota de sus propias referencias, fundamentalmente visuales, con las que construye y transmite una serie de valores y de costumbres diferenciados: la cultura sorda.
 
Las personas sordas tienden a relacionarse en círculos cerrados y cercanos, donde no dominar la lengua hablada no supone un problema ni un motivo de discriminación. Son entornos que resultan seguros para sus miembros, pero al mismo tiempo su endogamia conduce a una profunda desinformación y aislamiento.
 
Las comunidades sordas están además muy cohesionadas. Sus miembros se conocen bien y con frecuencia se forman lazos emocionales fuertes. Como consecuencia, la forma de pensar y de relacionarse de unas y otras personas influye mucho más que en otros entornos más amplios y es más difícil no cumplir con lo esperado.
 
Según el INE, cerca de un millón de personas en España presentan algún grado de sordera, de quienes la mitad son mujeres. Entre ellas, las acostumbradas formas de discriminación machista se agudizan. Por su condición, es frecuente que en su entorno familiar se tienda a la sobreprotección, lo que se convierte con el tiempo en la falta de autonomía y de independencia. Se reproducen además con más fuerza los roles machistas, y la combinación suele conducir a una baja autoestima entre las mujeres sordas.
 
Decidir por una misma
 
Además de los problemas de percepción y de recepción de la información, vivir en un mundo donde la comunicación se basa en gran medida en el sonido genera a su vez grandes dificultades para la transmisión.
 
Una mujer sorda que se apoya en una persona oyente puede recibir mucha ayuda, pero al mismo tiempo se arriesga a que la última decisión la toma su acompañante, que hace de interlocutor. Al margen de la falta de autoestima que la sobreprotección puede producir, esta situación la victimiza aún más, sobretodo si dicha persona oyente es un hijo o hija incluso menor de edad, situación no poco frecuente.
 
“Muchas veces nos venos en la obligación de ir acompañadas de un familiar que en muchas ocasiones ejerce como tutor de la mujer sorda por su dificultad en la comunicación”, señala Durán, aludiendo a la falta de autonomía y de privacidad en cuestiones tan personales como una consulta médica. “Son tantas cosas que no sé cuál destacar”.
 
“Es importantísimo contar con más intérpretes de Lengua de Signos (ILSE) para ir al médico, a un abogado, al banco, a hacienda, al ayuntamiento, visitar un museo, una conferencia…”. Liñero coincide con Durán en exigir la autonomía de las personas sordas. “Queremos poder hacer de forma independiente todas estas cosas. La figura del ILSE no es un acompañante que nos ayude a hacer las gestiones, somos las personas sordas quienes las hacemos y el ILSE es sólo el puente de comunicación”, explica Liñero.
 
Las barreras parecen infinitas al tratar de enumerarlas. “Muchas páginas Web no tienen subtitulado o interpretado a lengua de signos vídeos. Al cine no podemos ir porque escasean las películas con subtitulado. Las mujeres sordas maltratadas no pueden llamar al 016, deberían adaptarlo a sms o mail, lo mismo que si tenemos un accidente, llamar a una ambulancia o a la policía nos es imposible. Los cursos de formación del propio Inem no cuentan con ILSE por lo que no podemos participar. El acceso a la Universidad también se limita porque no contamos con ILSE.... Son tantas cosas que no sé cuál destacar”, termina Liñero.
 
Barreras físicas y emocionales
 
Entre las mujeres sordas se estima que se produce un alto porcentaje de casos de violencia de género, que son difíciles de sacar a la luz por múltiples razones. Conscientes de esta realidad, la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE) ha publicado recientemente un estudio sobre la sensible situación de las mujeres sordas y las particularidades del entorno que las hacen más vulnerables frente a la violencia de género.
 
El principal motivo es el propio concepto que las mujeres tienen de si mismas y del entorno. Para las víctimas de agresiones por parte de sus parejas es muy difícil aceptar la situación, lo que se agrava entre las mujeres sordas al poseer una baja autoestima y una mayor dependencia de sus parejas. Muchas ni siquiera tienen una idea clara de estar siendo víctimas de la violencia.
 
Al mismo tiempo, al vivir en comunidades reducidas, ambas partes de la pareja suelen compartir amistades, lo que hace especialmente delicado encontrar una persona confidente a quien pedir ayuda. “Las barreras de comunicación que la sociedad les impone a menudo dificultan que las mujeres sordas no hablen por miedo a las críticas y las represalias”, recoge el informe del CNSE.
 
Fuera de su comunidad, las barreras auditivas pueden convertirse en insalvables. Por una parte, muchas mujeres no conocen los recursos de los que disponen para protegerse de la agresión que sufren. Por otra, muchos de esos recursos no son accesibles para ellas.
 
Acceso denegado
 
Las asociaciones se convierten entonces en un agente de sensibilización y son las más apropiadas para ofrecer apoyo, por la cercanía y la confianza que inspiran en la comunidad. Carmen Gómez, especialista en violencia de género, ha impartido un curso de capacitación en la detección del maltrato machista y en el asesoramiento de las víctimas a gran parte del personal que desarrolla su actividad en las diferentes asociaciones de personas sordas establecidas en Extremadura.
 
“Todos los teléfonos de emergencias son con voz”, explica Gómez, una barrera infranqueable para las mujeres sordas que se repite en los puntos de asistencia, donde “no hay intérpretes de lengua de signos”. En España, según informa la CNSE, hay 2.781 intérpretes de lengua de signos homologados, pero sólo trabaja una cuarta parte. En la práctica hay una persona intérprete por cada 143 personas sordas.
 
No es nada fácil para una mujer víctima de malos tratos decidirse a tomar medidas contra su agresor, ya sea interponer una denuncia o, antes, solicitar asistencia y asesoramiento. Las mujeres se encuentran en un estado de intenso nerviosismo y tener que esperar además a que localicen a una persona intérprete y a que esta llegue supone alargar y agravar su estado de estrés. Por otra parte, las dificultades para expresarse con claridad por escrito se acentúan ante una situación de estrés.
 
“Es un tema candente, porque no hay recursos”, reconoce Gómez. Muchas asociaciones han tomado conciencia de la gravedad del asunto, y tratan ahora de servir de apoyo en primera instancia y de intermediarias. El objetivo de el curso que imparte esta especialista es capacitar a los profesionales de modo que aprendan a detectar los indicios de que se puede estar produciendo una situación de maltrato.
 
Para ello, Gómez trata durante las sesiones de transmitir cuáles son las vivencias y las reacciones de una víctima de la violencia de género, y de dotar al personal de recursos para poder asesorarles y derivarles en el caso de que necesiten asistencia especializada, para que en última instancia sean profesionales quienes se ocupen de proteger a la víctima. Iniciativas como ésta se están poniendo en marcha en diferentes puntos geográficos y desde diversos organismos.
 
 
 
Fotos: archivo AmecoPress . Cedidas por CNSE
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Pie de foto: Intérprete de lengua de signos
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Sociedad - Situación Social de las Mujeres - Discapacidad; 21 octubre (10), AmecoPress



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