Hombres protegidos bajo un nombre de mujer

1ro de junio de 2007.

Por María Medina

Cultura | Cultura y arte



Descubrimos a los escritores que han utilizado un seudónimo femenino en la historia de la literatura


 

El seudónimo o “falso nombre” ha sido utilizado desde que la humanidad aprendió a plasmar sus inquietudes utilizando caracteres escritos. Rápidamente se convirtió en una tradición trasnacional, atravesando continentes y océanos, y adoptándose como una práctica habitual en el mundo artístico.

 

 

A lo largo de los siglos han sido muchas las mujeres que decidieron firmar sus escritos bajo un seudónimo masculino, la mayoría, verdaderas adelantadas a su tiempo, en opiniones y actitud, buscaban reconocimiento para su obra; y libertad a la hora de expresar sus opiniones, dos cosas que lamentablemente nunca hubieran podido conseguir con su nombre real. A la larga esta maniobra ha acabado, en muchos casos, perjudicándolas, logrando que el genio creativo de muchas de ellas haya caído en el olvido, silenciadas por el tiempo, ocultas bajo unos nombres que nunca les correspondieron.

 

Suele considerarse que gran parte de la obra de Gregorio Martínez Sierra ha sido escrita en colaboración o exclusivamente por su primera esposa, la escritora María de la O Lejárraga, con la cual se casó en 1899 y la cual, a pesar de haberse separado de su marido cuando éste se relacionó con la primera actriz de su compañía, Catalina Bárcena, siguió colaborando con él e incluso, una vez muerto, firmó con sus apellidos, María Martínez Sierra. A este complejo matrimonio, se deben varias de las más interesantes iniciativas culturales de la anteguerra civil española: la fundación de varias importantes revistas literarias, entre las que destacaron especialmente Vida Moderna, Helios y Renacimiento; la traducción e introducción en España del teatro simbolista de Maurice Maeterlink, y, sobre todo, la creación del Teatro del Arte.

 

Afortunadamente, también contamos con ejemplos de novelistas que han conseguido el reconocimiento que se merecen ellas y sus obras, muchas veces verdaderas cumbres de la literatura. Casos como los de las hermanas Brönte, Charlotte, Ane y Emily, que publicaban bajo los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, o la genial George Sand (Amandine-Aurore-Lucille Dupin). También en nuestro país han destacado mujeres como “Fernán Caballero”, alter ego de Cecilia Bohl de Faber. Si nos trasladamos a nuestros días, la autora de la saga Harry Potter evitó cuidadosamente firmar como Joanne Elizabeth, a sabiendas de que un neutro J.K. Rowling esquivaría los prejuicios que todavía existen contra la literatura fantástica femenina, y que olvidan que Frankenstein fue escrito por Mary Shelley.

 

Como hemos dicho, todas estas mujeres han tenido buenas razones para querer ocultar su personalidad real a los ojos de sus lectores. Pero, ¿qué puede llevar a un hombre a firmar su obra con un seudónimo femenino? Investigando en la historia de la literatura descubrimos que existen más ejemplos de esta práctica que los que esperábamos encontrar. Para algunos, esta actitud viene motivada por la búsqueda errónea de una credibilidad ante las consumidoras de una literatura denominada, entre comillas, “femenina”. Sólo recientemente se supo en el Reino Unido que Emma Blair se llama en verdad Ian Blair; Jessica Stirling es Hugh C Rae, y Jill Sanderson nació Roger. 

 

Llegados a este punto, no solo debemos limitarnos a hablar de literatos, existen, también, periodistas-hombres que bajo estos mismos parámetros, escribir supuestamente “para mujeres”, decidieron usar un nombre femenino. Es el caso de La Dernière Mode y Stéphane Mallarmé. En 1872, Mallarmé escribe a su amigo, el poeta José María Heredia, las siguientes palabras “Estoy recopilando por las esquinas de París las suficientes suscripciones para crear una revista dedicada a la belleza y al lujo”. Este proyecto vería finalmente la luz en 1874 y pasaría a la historia como La Dernière Mode, un magazine de moda destinado, una vez más, a las mujeres y cuyos artículos estaban firmados por “Marguerite de Ponty” y “Miss Satin”, “alter egos” de Mallarmé y su colaborador Ulrich Lehmann. La masculinidad de su autor era guardada cuidadosamente en secreto. A pesar de que el nombre de Mallarmé aparecía en primera página como un donante literario, la revista no proporcionaba ningún otro signo que señalara que cada palabra impresa, realmente, había sido escrita exclusivamente por hombres.

 

Pero, ¿Y cuando la seguridad personal está en juego? De vez en cuando salta a los medios de comunicación alguna noticia sobre mujeres valientes que arriesgan día a día su integridad en países donde expresarse libremente puede significar la pena de muerte. ¿Y los hombres? Existen también estos casos, en menor cuantía, pero existen.

 

Yasmina Khadra, es el seudónimo femenino del escritor argelino en lengua francesa Mohammed Moulessehoul. Nacido en 1955, en Kednasa, en el Sáhara argelino. En 1989, después de haber publicado seis obras con su nombre real, decide refugiarse bajo un seudónimo para evitar la autocensura que ha marcado sus primeras novelas y poder adentrarse con mayor libertad en la recreación de la Argelia de su tiempo, marcada por el antagonismo entre el gubernamental FLN y el FIS islamista, que pronto dará lugar a una auténtica guerra civil en la que Moulessehoul, que es miembro de las fuerzas armadas, combate.

 

Su seudónimo lo forman los dos nombres de su esposa. Con él, publica en 1990 El loco del bisturí, una novela policíaca. La obra que le da fama mundial (realmente a su seudónimo, que el público supone que corresponde a una mujer argelina) es Morituri, publicada en París en 1997, a la que siguen otras también publicadas en Francia que se adentran en la crisis argelina: el paro, la corrupción, el islamismo, las diferencias sociales, la ausencia de libertades, el terrorismo, la depresión...

 

Obligado a esconder su identidad, por temor a la represalia y como él mismo dice a la “autocensura”. Su intención al tomar un nombre femenino, fue, según Mohamed Moulessehoul, “expresar su profunda admiración por las mujeres argelinas, su coraje, y la esperanza que ellas mantienen”. En el año 2000, el comandante Moulessehoul abandona el ejército para dedicarse por entero a la literatura; es entonces cuando revela su verdadera identidad, lo que causa gran escándalo tanto en Francia como en Argelia.

 

El caso de “Yasmina Khadra” nos demuestra que aún hoy, mujeres y hombres, deben esconder su identidad, a fin de ejercer el derecho a la “libre expresión”. Muchas veces un seudónimo además de representar la libertad, se convierte en una puerta de escape y lamentablemente, en un verdadero “seguro de vida”.

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Cultura – Cultura y arte – 1 junio, 07 (AMECOPRESS)