Propaganda, EPOC y salud mental: cómo afectan las enfermedades respiratorias a las mujeres y a los hombres

23 de julio de 2019.

Por Júlia Oller

Madrid | Sociedad | Publicidad | Salud | Salud y género



Estas patologías son la tercera causa de muerte en nuestro país y, como ocurre con otras afecciones, se manifiestan de distinta forma según el género, debido a cuestiones biológicas y sociales


Madrid, 19 jul. 19. AmecoPress. - Antes de 1929, en Estados Unidos no era habitual ver a una mujer con un cigarrillo en la boca, puesto que no se consideraba un comportamiento propio del género femenino. El presidente de la American Tobacco Company, poco sospechoso de ser feminista, pero sí dueño de una gran mente empresarial, era consciente de que estaba perdiendo la oportunidad de vender su producto a la mitad de la población. Por ello, encargó a Edward Bernays, sobrino de Freud y padre de la propaganda moderna y de las relaciones públicas, una campaña para lograr ensanchar su base de consumidores –consumidoras, en este caso-. Bernays orquestó un plan sin fisuras: situó a mujeres vestidas de sufragistas en el desfile de Pascua de Nueva York, que transcurría por la Quinta Avenida ante un multitudinario público, e hizo que marchasen fumando. En un ejercicio semiótico extraordinario, llamó a los cigarros “antorchas de libertad” y resignificó el consumo femenino de tabaco: a partir de ese momento, fue un símbolo de la liberación de las mujeres, entre las que los índices de tabaquismo se dispararon.

En España, el proceso fue similar, pero, como de costumbre, llegó tarde: la eclosión femenina en el consumo de tabaco sucedió a finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando el país, todavía bajo la dictadura de Franco, empezaba a abrirse al mundo y en los anuncios aparecían mujeres en su puesto de trabajo, al lado de los hombres, fumando. Hoy, las cajetillas de tabaco constituyen uno de los principales factores de riesgo subyacentes a las enfermedades respiratorias, que son la tercera causa de muerte en España. En la Unión Europea, donde cada año mueren 600.000 personas debido a una enfermedad respiratoria, el diagnóstico y tratamiento de estas patologías supone un total anual de 380.000 millones de euros.

Dos de las enfermedades respiratorias más comunes son la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y el asma, que afectan a más de 300 millones de personas cada una y son responsables del fallecimiento de 3,6 millones de personas al año en el mundo. La EPOC, en concreto, se diagnostica con la ayuda de una prueba conocida como “espirometría”; es más frecuente en las personas de mayor edad y “se caracteriza por una limitación crónica, progresiva y poco reversible al flujo aéreo asociada a la exposición al humo de tabaco y en menor proporción a tóxicos inhalados laborales, ambientales o a productos derivados de la combustión de la biomasa”, según explica Tamara Alonso, neumóloga del Hospital Universitario de La Princesa, en Madrid.

Esta médica prepara una tesis doctoral sobre las diferencias sexogenéricas en el diagnóstico y el tratamiento de la EPOC, que, pese a que las mujeres se han incorporado de forma masiva al hábito tabáquico y que viven de media más años que los hombres, aún se considera una enfermedad que afecta fundamentalmente a varones, y eso constituye un importante sesgo que contribuye al infradiagnóstico en las mujeres. Muchos estudios señalan que las mujeres son más sensibles a los efectos nocivos del tabaco debido a factores anatómicos (vías aéreas de menor tamaño), genéticos y hormonales.

El patriarcado también está en las enfermedades

Pero, más allá de lo puramente biológico, existen diferencias de corte social, porque, como expresa María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva, “todavía nos movemos en un contexto diferente: las mujeres, en la esfera de las tareas reproductivas, y los hombres, en la de las tareas productivas. Ello provoca que las mujeres, por ejemplo, se tomen la medicación antes de irse a trabajar, porque saben que van a tener dolores y que en casa van a tener que seguir trabajando en cosas del hogar. Los hombres no se toman la medicación antes de su jornada laboral, sino al finalizarla, y cuando vuelven a casa esperan que los dejen tranquilos”.

En este sentido, en las enfermedades respiratorias, como la EPOC, otro de los factores influyentes es el índice de masa corporal, que, aunque no siempre, suele estar condicionado por la práctica deportiva y el estilo de vida. El deporte se incluye en el tiempo de ocio, al que las mujeres acostumbran a poder dedicar menos tiempo debido al reparto desigual del trabajo reproductivo, que recae especialmente sobre ellas. En sus investigaciones, la doctora Alonso ha observado que las mujeres incurren más que los hombres en el incumplimiento del tratamiento, lo cual atribuye no a la falta de voluntad, sino a la carencia de recursos económicos para adquirir la medicación necesaria. Añade, además, que quienes suelen incumplir con el tratamiento son mujeres casadas y con personas a su cargo (tanto hijos e hijas como progenitores): “Estas mujeres acostumbran a ser las últimas en su propia escala de prioridades y, de todas las medicaciones que tienen que controlar, la suya siempre es la última”, señala.

Esta y otras conclusiones están recogidas en el capítulo -del que Alonso es coautora- dedicado a las enfermedades respiratorias del monográfico “Perspectiva de género en medicina”, publicado este año y coordinado por Ruiz Cantero, que atendía a AmecoPress hace unas semanas. En él, se destaca la necesidad de tener en cuenta la dimensión social del tabaco, factor de riesgo importantísimo en las enfermedades respiratorias: muchas de las mujeres que fuman viven con un compañero que también fuma; en cambio, los hombres que fuman suelen vivir con compañeras que no lo hacen, según apuntan las autoras del capítulo.

La salud mental, el reto pendiente

Al tratarse de una enfermedad crónica, quienes conviven con la EPOC se enfrentan a la dificultad añadida de sobrellevar el día a día con una enfermedad que, además, presenta un alto índice de comorbilidades, es decir, otras patologías que se derivan de sus efectos. Las más frecuentes asociadas a la EPOC son, entre otras, las patologías cardiovasculares, la hipertensión. la osteoporosis y las enfermedades psiquiátricas (sobre todo, ansiedad y depresión).

Que lo físico influye en lo psíquico y que la salud mental puede verse afectada por enfermedades como las respiratorias es un hecho del que cada vez somos más conscientes como sociedad. Es el caso de Isabel -nombre ficticio, puesto que ha preferido no dar el suyo-, de 68 años y paciente del Hospital de La Princesa a quien se le diagnosticó EPOC hace un lustro; desde entonces, ha tenido que lidiar con episodios de ansiedad y depresivos. “Yo tenía una vida muy activa”, cuenta Isabel, “pero notaba que me ahogaba en las cuestas. Me hicieron una espirometría y me dijeron que tenía la enfermedad. He tenido que bajar el ritmo y no es fácil aceptarlo”. Ahora, asegura que lo lleva mejor, quizá por la incorporación al servicio de Neumología del hospital madrileño de personal que presta atención psicológica a pacientes que lo necesiten.

Entre los hombres, la ansiedad y la depresión son menos comunes, aunque Berta Ausín, profesora de la facultad de Psicología de la Universidad Complutense, que también participa con un capítulo sobre estigma y salud mental en personas mayores de 65 años en la monografía “Perspectiva de género en medicina”, advierte de que estos trastornos pueden estar infradiagnosticados en los hombres, ya que -al revés de lo que ocurre con los infartos- se suelen asociar a los síntomas que muestran las mujeres (por ejemplo, cansancio y tristeza), mientras que en ellos se suelen manifestar a través de, entre otros, una mayor irritabilidad. “En la depresión, por parte de las mujeres, puede haber una mayor exposición a factores de riesgo y de vulnerabilidad, a causa, por ejemplo, del rol que tiene la mujer en los cuidados de personas dependientes. Normalmente la que cuida es la esposa o la hija, y la sobrecarga en los cuidados desencadena depresión”, argumenta Ausín.

Estos factores sociales son los mismos a los que aluden algunas expertas, entre las que se halla la propia neumóloga Tamara Alonso, como posibles causas subyacentes a la depresión que la EPOC “provoca” en mujeres. Uno de los síntomas de la enfermedad es la expectoración -la expulsión de flemas mediante la tos y el carraspeo-, muy condenada socialmente cuando se da en mujeres. El pudor y la vergüenza que genera en ellas la secreción de mucosidades, por no considerarse un comportamiento femenino, podrían ser uno de los motivos por los que muchas mujeres que padecen enfermedades respiratorias sufren también ansiedad y depresión.

La prevalencia de enfermedades psíquicas en mujeres tiene como consecuencia que, en España, sean ellas las principales consumidoras de psicofármacos, de acuerdo con una información publicada por ABC el mes pasado. El trabajo de profesionales de la Psicología en la atención sanitaria, tanto en hospitales como ambulatorios, como el que se lleva a cabo en La Princesa, es crucial, porque, según manifiesta Berta Ausín, el personal médico puede no detectar de manera adecuada los problemas de salud mental y proporcionar una atención menos adecuada que un especialista en salud mental. Los médicos y médicas de atención primaria, indica Ausín, prescriben en gran medida psicofármacos en lugar de ofrecer terapia psicológica, lo cual supone una sobremedicalización que afecta sobre todo a las mujeres, ya que son ellas las que acuden más a la atención primaria y las que verbalizan en mayor medida su estado psicológico. La sobremedicalización, además, no sólo es peligrosa para quien se somete a ella, sino que conlleva un alto coste en la mayoría de los países: un estudio del catedrático de Psicología Cano-Vindel, explica Ausín, calcula que una detección pronta y un tratamiento adecuado de los trastornos emocionales en la atención primaria revertiría en un importante ahorro económico por parte del sistema nacional de salud.

España está entre los cinco países de la UE con más muertes por enfermedades respiratorias; de hecho, acumula el 17,1% de ellas. Sabemos que las causas, además del tabaquismo, se hallan en la exposición a otros tóxicos laborales y ambientales, y sabemos que una de las principales consecuencias es el gasto en atención sanitaria al que muchos países europeos tienen dificultades para hacer frente. Sin embargo, recientemente, en nuestro país se han dado intentos de revocar políticas como Madrid Central, que disminuyen la contaminación, mejoran la calidad de vida de las personas y, en última instancia, ayudan a reducir el presupuesto necesario para tratar las enfermedades respiratorias (y mentales), que representan ya un problema de salud pública. Tal vez se necesite a otro Edward Bernays que organice otra campaña publicitaria, otra marcha que lo cambie todo. Pero, esta vez, sin cigarrillos.

Foto: Archivo AmecoPress.
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Pie de foto: 1) El tabaco, principal factor de riesgo de las enfermedades respiratorias.
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