Tres leyes de la dominación masculina

15 de septiembre de 2016.

Por Acratosaurio Rex

Madrid | Opinión | Misoginia





Madrid, 14 sep. 16. AmecoPress/Alasbarricadas.- Hablando de la dominación, hay gente que piensa que las cosas no son "sí" o "no", que hay zonas de "tal vez"… Yo no creo eso. La dominación establece dualidades en términos de "blanco" o "negro". Ello implica una división entre personas, una separación, un espacio definido, un comportamiento asociado para cada cual. Pensemos –como por casualidad– en la dominación masculina (1).

Construir la feminidad conlleva desde el nacimiento un aprendizaje: colores, juegos, actitudes tales como sonreír, desviar la mirada, aceptar las interrupciones de los hombres, no abrir las piernas, esconder la barriga, resaltar y tapar el busto…

El territorio femenino es limitado a las zonas seguras como el hogar, el barrio o la franja horaria, que las confina en un cercado invisible pero no menos real que un establo. El movimiento es, no solo circunscrito, si no también condicionado por la propia vestimenta: la falda, el escote y los tacones obligan a hacer contorsiones cirquenses si se quiere recoger algo del suelo, si te quieres sentar o si quieres correr; o el bolso, que mantiene las manos constantemente ocupadas.

Todas estas actividades, y mil más que han sido prolijamente descritas, tienen un profundo sentido moral, inscriben en la persona lo que está bien, y lo que está mal. Son actitudes que se propagan sin ni siquiera tener que adoctrinar a la víctima: las asume. Pasos cortos, manos afectadas y posiciones forzadas, frente a las masculinas, más relajadas, que permiten las piernas abiertas y colocar los pies sobre la mesa, cosa inimaginable en una mujer con falda, a no ser que esté ocurriendo algo rarísimo.

Y una vez las tienes confinadas y adaptadas al rol, lo reproducen de tal modo que parece cuadrarles como anillo al dedo. Y a continuación, se les puede reprochar frivolidad por estar tanto tiempo arreglándose, o mezquindad por estar pendientes de los precios y las cuentas domésticas. Se las obliga a ser espectadoras de lo que hacen los hombres, y a continuación se les reprocha su desinterés por la política…

Porque la dominación se concreta no solo en lo que se hace, sino también en lo que no se hace. Esto es muy perverso, porque la dominación se ejerce y se sufre sin que se la perciba, es naturalizada inhibiendo el conflicto. Aceptas tu papel al asimilarlo de tal modo, que las alternativas se hacen invisibles, inviables, inabordables: la mujer es relegada al hogar, a los cuidados, a la reproducción, a la parte femenina del mundo. Y ella misma se encarga de hacer esa dominación eterna, al trasmitirla a sus hermanas. Sobre todo toda esa mierda de la maternidad y el orgasmo del parto… Placer inenarrable -según dicen-.

¡No hacer daño a un hombre! ¡Se me acaba de ocurrir!

Esta es una ley de la feminidad, que es comparable a las leyes de la robótica de Asimov, y que se puede enunciar así. Primera Ley "Una mujer no debe dañar a un hombre, ni, por su inacción, dejar que un hombre sufra daño".

Segunda "Una mujer debe obedecer las órdenes que le son dadas por un hombre, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la Primera Ley".

Y la tercera: "Una mujer debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no esté en conflicto con la Primera y Segunda Leyes". Aquí tenéis por qué en los casos de violación, la conmocionada y traumatizada víctima, ultrajada en su ser más íntimo, es incapaz de resistir.

Y habiendo sido condicionada de este modo a no dañar, sin entrenamiento en desplegar torvos y sanguinarios instintos, se le reprocha luego en comisaría, en la prensa, en el juzgado, en los comentarios de las webs y en el confesionario…, que no resistiese con garras y dientes.

Y como todas las leyes, tienen sus excepciones, claro, como cuando un robot se vuelve loco. Y entonces, los dominantes tiemblan, ya que la máquina se ha salido del rol. Cuando una fémina devuelve golpe por golpe, o va más lejos aún y muestra en una pelea iniciativa, agresividad y eficacia en la ofensiva… Bueno, claro, lo que perciben los tipos más machistas, pusilánimes y temblorosos, que suelen ser pero que bien quejicas (2), es que se han topado, ni más ni menos, con un monstruo de película.

Son efectos de la dominación masculina, ya que construir una mujer, implica tener que dedicar enormes esfuerzos a crear un inmenso cabronazo.

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Notas

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Foto: A. AmecoPress.

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Opinión – Misoginia. 14 sep. 16. AmecoPress.

[1(1) Dominar a la mujer, significa construirla, definirla, estructurarla, y eso se hace desde la opinión androcéntrica. Habiendo sido los hombres desde el principio de la historia quienes la han escrito, ha sido su opinión la que ha establecido códigos legales, relatos míticos y normas morales, desde puestos de gobierno, empresariales, religiosos, militares… Hombres han sido los que han hablado durante miles de años de religión, ética y moda. Quiero aclarar además, que yo soy un varón que tiene su rol perfectamente asumido y que está contento de ser "un hombre", ya que el varón al que imito en todos mis actos, es nada menos que a Durruti. Con eso lo digo todo.

(2) Como varón anarquista al estilo de Francisco Ascaso, perfectamente adaptado, afirmo que todos los hombres que se quejan de lo malas que son las mujeres, no son más que unos calzonazos.